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Inauguración "Mares, Sueños y Conventos"

 Eduardo Bidegain. Mares, Sueños y Conventos Estos cuadros parecen ser la bitácora de viaje de un navegante de aquéllos, que atraviesa aguas sagradas y profundas, cotidianas y profanas, siguiendo estrellas fugaces y empujado por los vientos de su pasión creadora. En su travesía lo vemos sumergirse en el misterio, para hacer visible lo mágico, lo sagrado y lo fantástico, es decir: la sustancia misma de lo real. De Eduardo puedo decir (como decía Leonora Carrington de sí misma) que no creo que este mundo que muestra en sus pinturas sea un invento suyo: sospecho que es este mundo el que lo inventó a él. Un mundo que si no fuera cierto, merecería serlo, porque las estrellas del patio del conventillo saben nuestros nombres, y espejan nuestros pasos en el cielo, y aniquilando años luz de distancia la luna está a la vuelta de la esquina. Y es así como este hombre habita los espacios de sus pinturas, inventando atmósferas donde se toca el aire, donde las figuras son amparadas por la luz de la tarde, donde el dibujo va tejiendo la trama de sus sueños. Arribamos asombrados a esas historias de luchas y de encuentros, con abrazos de sirenas sobreviviendo travesías, abrazos de amores y de manos tendidas, donde podemos palpar las arenas de los mares, y sobre la arena el viento, y sobre el viento el perfume de la noche. Tomando del pasado lo que logra producir y provocar miradas, emprende una huida hacia el presente, para abrirnos un espacio sin límites de acceso, donde las imágenes tienen varias dimensiones de lectura, y vamos cayendo en historias dentro de la historia... Dios se sienta a la mesa para ofrecerse como un vino de amor entre los hombres, pero los de entonces somos los mismos, y la verdad nos encuentra distraídos y desconectados de lo sagrado de ese gesto. Y con un color de vitrales, y desde un triángulo de luz, seguimos profanando el templo de un universo en oferta.
La solidez del dibujo y el color crean un clima que toma las formas de lo cotidiano y de lo misterioso, clima que se respira y revela un espacio que a veces atraviesa el cuadro, y se proyecta hacia nosotros en un fuera de campo que interroga nuestra mirada. Puente y clave que nos conducen hacia la otra orilla, esa que no se alcanza, se conquista, como un reino perdido.